lunes, 7 de mayo de 2012

Los orígenes de la burbuja inmobiliaria

Lo que algunos llaman la caverna mediática culpa de todos los males de la economía española actual a los gobiernos socialistas del Sr. Rodríguez Zapatero. Esta forma de ver la realidad, en la que todo es blanco o todo es negro, ha calado en muchos sectores de la sociedad. Sin embargo, las cosas, en este mundo, casi nunca son sólo blancas o negras. Veamos la secuencia de lo que pasó.

Hubo un tiempo en que la vida de una sucursal de una caja consistía en abrir cartillas y depósitos a plazo, a la vez que regalaba vajillas a los depositantes. También daban hipotecas, pero sólo por el 80 % del valor de tasación y únicamente a clientes solventes. Estábamos en la mitad de la década de los noventa, y empezábamos a recuperarnos de la crisis económica ocasionada por el estallido de la burbuja inmobiliaria del Japón y  el aumento de los precios del petróleo, debido a la guerra del Golfo. En ocho meses, de setiembre del 92 a mayo del 93, la peseta se devaluó un 20 %. La economía volvió a crecer a partir del año 1994, pero con una tasa de paro que no bajaba del 22 %. La Seguridad Social tenía problemas para pagar las pensiones.

Mientras tanto, el precio de la vivienda empezó a subir. Los pequeños constructores empezaron a pedir créditos para sus primeras promociones, que fueron un éxito, tanto para ellos como para las cajas de ahorros, que cobraban los intereses y veían como llegaban nuevos clientes que abrían cuentas, pedían hipotecas y tarjetas de crédito.

El año 1996 el Partido Popular ganó las elecciones. El año 1998 aprobó la ley de liberalización del suelo, pensando que con más suelo aumentaría la construcción de viviendas y bajaría su precio. Pero para entonces las viviendas se compraban y se construían no porque fueran baratas, sino porque eran caras y, sobre todo, porque había expectativas de que lo fueran aún más en el futuro. Así, la ley del suelo echó leña al fuego de la burbuja, desencadenando una frenética actividad recalificadora gracias a la cual los gobernantes locales veían como se llenaban las arcas municipales (cuando no sus propios bolsillos).

De repente no es que fueras más listo si te comprabas un piso, es que eras tonto si no te comprabas dos. Quien vivía de alquiler se convirtió en un paria. Nadie que fuera listo compraba un piso sobre plano, sino que compraba dos y, luego, con la venta de uno se pagaba el otro.

Llegamos al año 2002. Los promotores habían aprendido y al principio sólo vendían unos pocos pisos (los peores) de su promoción y después iban colocando los buenos a precios cada vez mayores. También en este momento los responsables de las cajas se dieron cuenta que el verdadero negocio no estaba en financiar la obra, sino en promoverla y venderla, y crearon sus propias promotoras. Los alcaldes de los pueblos hacían pagar a los promotores el coste de unas fiestas patronales cada vez más espectaculares a cambio de acelerar expedientes.

Las cajas de ahorros cambiaron a los directores de sucursal prudentes por otros más agresivos, a los que daban un bonus por cada nueva hipoteca que colocaban. A la misma persona a la que habían denegado por insolvente un préstamo de 3.500 euros para la fianza de un alquiler, unos meses después, la misma caja le concedía sin problema 200.000 euros de hipoteca para comprarse un piso.

Desde 2002, el Banco de España había estado alertando sobre la sobrevaloración de la vivienda. El año 2003, esta sobrevaloración se estimaba entre un 30 y un 50 %, y el economista José García-Montalvo escribía que "es muy probable que el mercado inmobiliario español sea una bomba de relojería esperando a ser detonada". Los políticos del Partido Popular estaban, por tanto, informados de lo que iba a pasar, pero, ante las elecciones del 2004, el entonces ministro de economía, un tal Rodrigo Rato, declaraba: "La verdad es que estamos asentados en un ciclo largo y con pocas incertidumbres. Eso es indiscutible. Y lo importante es que es un modelo duradero". No se había enterado de nada.

¿Y el PSOE? Su programa electoral hablaba de apostar "por un nuevo modelo de crecimiento más sólido que el actual", y su candidato, el Sr. Rodríguez Zapatero, afirmaba que "como tenemos un modelo económico basado en la construcción y en la hipoteca, las familias españolas están hoy más endeudadas que nunca en su historia". Ganaron las elecciones pero todo siguió igual. En el año 2006, la fiesta estaba en su apogeo y la economía española en la Champions League, según el nuevo presidente del gobierno. El año 2008 trajo la crisis de los productos tóxicos de los bancos americanos, los bancos desconfiaron todos de todos, el grifo del crédito se cerró, y la burbuja inmobiliaria española explotó.

¿Se podía haber hecho algo para deshinchar esta burbuja a tiempo? Hubiera sido bastante fácil si se hubiera contado con la herramienta adecuada: el control de los tipos de interés. Pero España, al entrar en el euro (por cabezonería del presidente Aznar, a pesar de no estar preparada para ello, como ya hemos explicado en otra ocasión, y como desgraciadamente se está demostrando actualmente), había dejado los tipos de interés en manos del Banco Central Europeo, que durante mucho tiempo los mantuvo demasiado bajos para las necesidades de la economía española, contribuyendo de esta manera a alimentar la burbuja.

Quien puso las bases de la crisis fue el gobierno del PP, y quien quitó la principal herramienta para poderla controlar, también. El gobierno del PSOE siguió con la misma política, a pesar de haber diagnosticado, cuando estaba en la oposición, que era una política suicida. Como Rato en el 2004, Zapatero no se enteró o no se quiso enterar de nada.

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