lunes, 3 de septiembre de 2012

El Diagnóstico Alternativo de la crisis económica (y 4)

Esta es la última entrega sobre el Diagnóstico Alternativo. Recordaremos que este Diagnóstico dice que la causa profunda de la crisis es que hemos llegado, o estamos a punto de hacerlo, al Pico del Petróleo. Es decir, el momento en que la producción de petróleo convencional se empieza a reducir. Si este Diagnóstico Alternativo es cierto, la crisis actual es mucho más importante de lo que creemos, y los remedios que se han tomado no son los adecuados.

No debemos olvidar que la energía es el motor de la economía, de tal modo que hay una correlación muy estrecha entre el consumo de energía y el PIB, por tanto, una disminución de la cantidad de energía de la que disponemos año tras año conlleva una cierta contracción económica imposible de contrarrestar meramente con mejoras de la eficiencia. Así pues, el punto crítico de cualquier recurso es la llegada a su cenit o producción máxima, que en el caso del petróleo tiene un nombre bien conocido, el Pico del Petróleo.

Esto no quiere decir que se acaba el petróleo, sino que se ha llegado, desde hace 5 años, a un estancamiento de la producción de petróleo convencional (el que se extrae del subsuelo mediante pozos), es decir, de petróleo a bajo precio, que es de unos 75 millones de barriles diarios desde 2007. El resto de la producción mundial, unos 10 millones de barriles diarios, se obtiene de los petróleos no convencionales (petróleo de esquistos,  petróleo líquido obtenido en la producción de gas, etc.). De este petróleo no convencional hay cantidades enormes (240 años al ritmo actual de consumo), pero el problema es que su obtención es mucho más cara que la del petróleo convencional, ya que se estima que su extracción cuesta más de 80 $ por barril.

Pero no sólo es un petróleo caro, sino que su Tasa de Retorno Energético (TRE) es mucho menor que la del petróleo convencional. Esta tasa es para el petróleo convencional del orden de 20 (el petróleo da una energía 20 veces superior a la necesaria para su obtención), la del petróleo off-shore es de 10 a 15, el de aguas profundas es de 5 a 10, y el del gas de esquisto es inferior a 5. Se considera que la TRE no debe ser inferior a 10. Como cada vez aumentará más el peso del petróleo obtenido en aguas profundas, nos iremos acercando rápidamente a este valor.

Las fuentes de energía renovables no son la solución, ya que de lo que se trata es de sustituir el petróleo en sus múltiples usos (química, transporte), lo que no puede hacer ni la energía eólica ni la fotovoltaica ni la hidráulica. En cuanto a los biocombustibles, su TRE es terriblemente baja (en algunos casos no es superior a 1), ya que la agricultura necesita de combustible para poder ser competitiva, y su coste es mucho mayor que el del petróleo.

Desde hace año y medio, el precio medio del barril de petróleo supera los 110 $ por barril. A este precio, las economías de los países que no producen petróleo no tienen otra alternativa que endeudarse para poder pagarlo. Este endeudamiento, y no otro, está en la base del endeudamiento estructural de ciertos países, entre ellos España. Si, como dice el Diagnóstico Alternativo, el precio del petróleo se mantiene alto durante los próximos años, no cabe duda de que la economía de la mayoría de los países se estancará o, peor aún, decrecerá, con la consecuencia de que no podrán devolver las deudas que han contraído.

En lugar de intentar apuntalar los bancos y las compañías de seguros con rescates millonarios, probablemente habría sido mejor simplemente dejar que cayeran, aunque tuviéramos consecuencias desagradables a corto plazo, ya que de todos modos tarde o temprano caerán. Cuanto antes se sustituyan los bancos por instituciones que sirvan las funciones esenciales dentro de una economía de contracción, mejor estaremos todos.

Mientras tanto, los líderes de pensamiento de la sociedad tienen que empezar a explicar, en términos medidos y comprensibles, que el crecimiento no volverá y que el mundo ha entrado en una nueva fase económica sin precedentes, pero que todos podemos sobrevivir y prosperar en este difícil período de transición si nos aplicamos y trabajamos juntos. El corazón de esta reeducación general debe ser un reconocimiento público e institucional de las tres reglas básicas de la sostenibilidad:
- El crecimiento de la población no puede ser sostenido.
- El ritmo de extracción actual de recursos no renovables no puede ser sostenido.
- La utilización de los recursos renovables será sostenible sólo si se hace a ritmos inferiores a los de su reposición natural.

Estamos abocados a un declive (que no es futuro sino que ya ha empezado, porque hace ya al menos cinco años que comenzó a ser indisimulable) por la disminución de la disponibilidad de los recursos naturales (ya verificada en el caso de algunos y esperada en breve para el resto). Entiéndase aquí: el petróleo, el carbón, el gas natural, el uranio...; es decir, las materias primas energéticas. Pero también el oro, la plata, el plomo, el cobre, el estaño, el mercurio, etc., materias primas minerales de extendido uso industrial. La conclusión necesaria de todo ello es que nuestra decadencia como sociedad es no sólo completamente inevitable sino también inminente, y sólo podremos evitar consecuencias peores (el colapso) si reconocemos cuanto antes la gravedad de la situación, comenzamos a diseñar un nuevo sistema verdaderamente sostenible y, además, ponemos en marcha un plan de choque para pilotar una transición que se adivina peligrosa y cuyo éxito no está en absoluto garantizado.

Semejante conclusión es tan chocante, tan diferente de los discursos imbuidos de optimismo tecnológico que estamos acostumbrados a oír, tan extraordinaria, en suma, que necesitará de muchas explicaciones para ser aceptada.

Al no poder pagar la factura del petróleo, no nos quedará más remedio que disminuir su consumo, lo que afectará directamente al transporte de mercancías y de personas, a la industria química (producción de plásticos) y a la agricultura.

Al encarecerse el transporte de mercancías, se favorecerá el comercio de productos de proximidad, lo que creará más puestos de trabajo locales.

Las ventas de automóviles continuarán disminuyendo, al ser la gasolina cada vez más cara. Muchas fábricas de automóviles deberán ir cerrando, lo que implicará también una bajada del consumo de acero, aluminio, plásticos y demás componentes del automóvil.

La fabricación de plásticos, actualmente a base de petróleo, disminuirá, y será sustituida por la producción plásticos a partir del acetileno, proveniente del carburo de calcio. Aunque esta fabricación necesita energía para producir el carburo de calcio, no se trata de petróleo, sino de energía eléctrica, que se obtendrá, por ahora, de la misma manera que se viene haciendo.

La agricultura, que ha visto aumentar su productividad de manera impresionante en los últimos cincuenta años, seguirá necesitando combustible para poder alimentar a una población creciente. Es posible que los poderes públicos declaren prioritario el consumo del poco petróleo que se importe para esta actividad.

Aunque sea un tema contencioso, debe abordarse la cuestión de la población. Todos los problemas que tienen que ver con los recursos son más difíciles de resolver cuando hay más personas que necesitan estos recursos. Se han de fomentar familias más pequeñas y debe establecer una política de inmigración coherente con un objetivo de no crecimiento de la población. Esto tiene implicaciones de política exterior: hay que ayudar a que otras naciones tengan éxito con su propio desarrollo económico de transición para que sus ciudadanos no tengan que emigrar para sobrevivir.

Ante las crisis de crédito y (posiblemente) monetarias, serán necesarias nuevas formas de financiación de estos proyectos. Dado que nuestros actuales sistemas monetario y financiero se fundamentan en la necesidad de crecimiento, se requieren nuevas formas de dinero y la creación de nuevas formas de emisión de crédito. Algunas comunidades ya están experimentando con cooperativas de capital, monedas alternativas, y bancos sin interés.

Todos estos cambios no son nada sencillos, pero además no son optativos: las reformas a emprender son inevitables, simplemente por la falta de recursos. Y cuanto más aplacemos la puesta en marcha de los cambios necesarios, mayor tensión se acumulará en una sociedad que no entenderá adonde se fue el crecimiento del pasado y por qué cada vez es más pobre, y mayor será el riesgo de un devastador estallido social que nos dejaría más incapacitados para el cambio.

Pero todo esto, por ahora, no es el lenguaje de ningún gobierno. Probablemente porque vivimos en una sociedad que ha visto muchas películas que siempre acaban bien, lo que nos tiene a todos infantilizados, reacios a escuchar malas noticias, lo que hace que no demos nuestro voto a quien nos anuncia que tendremos que apretarnos, y mucho, el cinturón.

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